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La relación entre la protección de la biodiversidad y la prevención de pandemias

La enfermedad del coronavirus o COVID-19 (causada por el virus SARS-CoV-2) tiene como origen definido el contacto con animales, si bien aún no está del todo definido quien fue el vector de contagio. Este tipo de enfermedad transmitida por animales se denomina “enfermedad zoonótica”, y son de las más habituales dentro de las enfermedades infeccionas, ya que aproximadamente un 70% de las enfermedades humanas de las últimas décadas son transmitidas por animales salvajes (1). De hecho, la mayoría de pandemias contemporáneas, como el SARS, el ébola, el zika o el MERS son trasmitidas por la fauna. Actualmente, además, especialmente en zonas tropicales (incluyendo el Asia monzónica, origen de la actual pandemia), el riesgo de infección por este tipo de enfermedades está en aumento debido en gran parte a la presión antrópica, especialmente por el avance de la agricultura intensiva y la urbanización masiva (2).

Sin embargo, a pesar de ser los animales los transmisores (vectores) del virus, son también una de las principales contenciones a la expansión de estos. Los virus siempre han estado presentes en el ambiente, es nuestra relación con la naturaleza lo que está cambiando.

Existe bastante consenso científico entorno al papel de la biodiversidad y de unos ecosistemas funcionales en la prevención de pandemias. Este efecto protector se debe a distintos factores, como son el control poblacional de los vectores por parte de sus depredadores o de otras especies que compiten por los mismos recursos (3) o la dilución del virus entre distintas especies, ya que al no ser muchas aptas para infectar a humanos, queda frenada la transmisión del virus (4).  Es decir, en un ecosistema sano y con distintas especies, se generan una gran cantidad de interacciones entre ellas, lo que facilita que unas se controlen a otras. De hecho, hasta los murciélagos, tan desdeñados últimamente al ser acusados de la propagación del virus (lo cual aparentemente no tiene base científica (5)) tienen un papel importante en este efecto protector, observándose una correlación entre el descenso de sus poblaciones y el aumento de enfermedades zoonóticas, debido a que su alimentación está basada en la mayoría de los casos en los animales que actúan como vectores de distintas enfermedades (6). Esto mismo se demostró con el control de la enfermedad del Virus del Oeste del Nilo, donde se observó que la diversidad de aves actuaba reduciendo la incidencia de la enfermedad en los seres humanos (7).

Del mismo modo que la diversidad de especies es un factor importante en el control de las pandemias, también lo es la integridad del medio donde se desarrollan. Por ejemplo, Allan y colaboradores (8) observaron al estudiar la enfermedad de Lyme, transmitidas por garrapatas, que se daba una mayor abundancia de este animal (y por tanto un mayor riesgo) en zonas donde los fragmentos de bosque eran menores. Es decir, un bosque muy fragmentado (ya sea por infraestructuras, cultivos u otros motivos) y poco conservado, es una situación que aumenta el riesgo de transmisión de enfermedades.

A pesar de estos notables efectos beneficiosos, la biodiversidad a nivel global se sitúa en un punto crítico, cerca de lo que muchos consideran la “sexta extinción masiva”.

La pérdida de hábitat, los cambios de uso del suelo, el cambio climático o la contaminación, están detrás de un proceso que desde hace años ha superado los límites de seguridad para la especie humana (9). No nos cansamos de decirlo: este tipo de situaciones, igual que ocurre con los devastadores efectos del cambio climático, sabíamos desde hace muchos años que pasarían (o empeorarían). La ciencia nos lleva advirtiendo mucho tiempo. De hecho, las propias enfermedades infecciosas transmitidas por animales están altamente relacionadas con los cambios en el medio ambiente (10). Las zoonosis no son nuevas. Sin embargo, la transformación del medio nos lleva a un riesgo cada vez más alto de que ocurran.

El Informe Fronteras 2016 (11) ya advertía sobre los factores que aumentan el surgimiento de las zoonosis, es decir, de aquellas enfermedades transmitidas de animales a humanos. Los cuales son:

  • Deforestación y cambios de usos de suelo (urbanización, industrialización, etc.), debido a la eliminación de especies y del aumento de la probabilidad de contacto con vectores.
  • La pérdida de especies, que dificulta que los efectos de defensa (como el efecto de dilución) pueda producirse, por la alteración de las cadenas tróficas.
  • Comercio ilegal de vida silvestre, lo que facilita el contacto con animales sin ningún control sanitario y favorece la propagación del virus a áreas alejadas del origen.
  • Agricultura y ganadería intensiva, ya que es uno de los principales causantes de deforestación y a la resistencia antimicrobiana que causa la ganadería.
  • Cambio climático, ya que favorece la expansión de virus y bacterias o de sus vectores, por la habitual preferencia por climas húmedos y cálidos.

Además de los efectos sobre la salud que tiene el cambio climático por sí solo (como el aumento en golpes de calor (12)), la Organización Mundial de la Salud ya advierte del potencial peligro del cambio climático en la generación de nuevas pandemias, resultando alarmante la situación al cruzar escenarios de aumento de temperatura con los de cambio de uso de suelo y pérdida de biodiversidad (13). Entre estos peligros, destacan los cambios de hábitats de muchas especies (lo que facilita la aparición de organismos transmisores en ecosistemas donde no tienen un control efectivo) así como la posibilidad de liberar patógenos confinados bajo el hielo del permafrost (el cual se está derritiendo a un ritmo alarmante), los cuales, previsiblemente, serán difíciles de controlar por las especies silvestres.  Asimismo, un estudio de la Universidad de Aarhus apunta a la probable relación existente entre mayores cotas de polución y mayor tasa de mortalidad por COVID-19, atendiendo a las diferentes tasas de mortalidad entre el norte de Italia y el resto del país (12% y 4,5%, respectivamente) (14). Los autores del estudio señalan que la contaminación atmosférica (que se estima que provoca la muerte de más de 7 millones de personas al año (15)) debería ser un factor más a tener en cuenta en las políticas de prevención a implementar. La defensa de la naturaleza es también la defensa de nuestras propias vidas.

 

Bibliografía de biodiversidad

  • Jones, K. et al. Global trends in emerging infectious diseases. Nature 451: 990-993.
  • Allen, T. et a 2017. Global hotspots and correlates of emerging zoonotic diseases. Nature Communications 8, 1124 (doi.org/10.1038/s41467-017-00923-8).
  • Ezenwa V. et al. 2005. Avian diversity and West Nile virus: testing associations between biodiversity and infectious disease risk. Proceedings of the Royal Society, 273: 109-117.
  • Johnson P.T.J & Thieltges D.W. 2010. Diversity, decoys and the dilution effect: how ecological communities affect disease risk. Journal of Experimental Biology 213: 961-970
  • Hongying L. et a 2019. Human-animal interactions and bat coronavirus spillover potential among rural residents in Southern China. Biosafety and Health, 1: 84-90.
  • Russo D. et al. Novel perspectives on bat insectivory highlight the value of this ecosystem service in farmland: Research frontiers and management implications. Agriculture, Ecosystems & Environment, 266: 31-38.
  • Ostfeld R.S. 2009. Biodiversity loss and the rise of zoonotic pathogens. Clinical microbiology and infections 15: 40 – 43.
  • Allan B.F. et al. Effect of Forest Fragmentation on Lyme Disease Risk. Conservation Biology, 17: 267-272.
  • Rockström J. et al. 2009. Planetary Boundaries: Exploring the Safe Operating Space for Humanity. Ecology and Society, 14(2).
  • Jones B. A. et al. 2013. Zoonosis emergence linked to agricultural intensification and environmental change. Proceedings of the National Academy of Sciences. 110 (21) 8399-8404.
  • PNUMA (2017). Fronteras 2016. Nuevos temas de interés ambiental. Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente, Nairobi.
  • Peng R. et al. 2011. Toward a Quantitative Estimate of Future Heat Wave Mortality under Global Climate Change. Environmental Health Perspectives 119(5): 701- 706.
  • Patz J. A. et al. 2003. Climate change and human health – risks and responses. Summary. Capítulo 6: Climate change and infectious diseases. World Health Organization.
  • Conticini E. et al. (2020). Can Atmospheric pollution be considered as a co-factor in the extremely high level of SARS-CoV-2 lethality in Northern Italy? Enviromental Pollution 261 (doi.org/10.1016/j.envpol.2020.114465)
  • Lelieveld J. et al. 2019. Cardiovascular disease burden from ambient air pollution in Europe reassessed using novel hazard ratio functions. European Heart Journal 40: 1590-1596.